Al musulmán del Uruguay
Allah llegó a Montevideo
Algunos uruguayos decidieron tomar el camino del islam, soñando
con
http://www.elpais.com.uy/Suple/QuePasa/05/11/05/
Gabriel
Sosa
En
Uruguay hay gente que reza cinco veces por día en dirección a
El
número exacto de musulmanes uruguayos es difícil de precisar. Al ser una
religión individualista y que puede florecer sin tener una estructura
organizada, no hay manera de contar a los conversos. Las estimaciones van de
unos
El
motivo de esta imprecisión es que el musulmán puede convertirse en solitario,
sin necesidad de integrarse a una iglesia. Para poder llamarse musulmán, un
converso debe limitarse a seguir las reglas de la religión, estar convencido de
su elección y dar un testimonio de fe, la shahada, que en condiciones ideales
debe ser escuchada por tres testigos, pero que en caso de necesidad puede ser
pronunciada a solas, o por chat en internet.
En
Uruguay no hay mezquita. Los musulmanes pueden rezar en sus propias casas, o en
cualquier punto de reunión que elijan los viernes, su día sagrado, aunque les
gustaría tener cerca una mezquita y un sheijk (predicador). Hoy los musulmanes
tienen como punto de reunión el Centro Islámico de la embajada de Egipto, en
Baltasar Vargas y avenida Brasil, donde los viernes se juntan para rezar.
Además,
desde hace muy poco existe el Uruguay Islamic Center, que nació como una iniciativa
del empresario sirio Alí Jalil Ahmad, quien hace casi una década que vive en
Uruguay y tiene una empresa, Halal, dedicada a la exportación de carne hacia
países islámicos. Por motivos comerciales Ahmad decidió convertir las oficinas
de su empresa en un Centro Islámico, ya que los países musulmanes que importan
carne solicitan que un musulmán inspeccione la faena, y al tener su propio
Centro Islámico, Ahmad no depende de ninguna embajada de terceros países para
la tarea. Luego le ofreció su Centro a algunos musulmanes locales, como lugar
de reunión. Hoy cuatro uruguayos convertidos concurren al Centro, y tratan de
difundir su existencia, para atraer a más correligionarios. Ahmad prometió
mudarse definitivamente de la oficina, y dejarla para su uso exclusivo.
Los
conversos uruguayos adoptan un nombre árabe para sentirse más integrados a la
umma (comunidad islámica). Así, en el Centro Islámico se reúnen Abdzul Nur,
Amirah, Fatimah y Yaafar.
La
historia de Amirah
Marcela
Alves tiene 24 años, estudia derecho y adoptó el nombre de Amirah al
convertirse.
A
diferencia de la mayoría de los conversos, Amirah tiene raíces árabes. Uno de
sus abuelos es de origen palestino. "Mi padre no es musulmán, salvo cuando
va a visitar a los amigos que tiene en el Chuy, y ahí sí va a la
mezquita".
Hace
tres años que Amirah estudia el islam, y dos desde que se convirtió, pero
recién en enero hizo la shahada, o testimonio de fe, que se limita a pronunciar
la frase "la ilahaila Allah, Muhammad rasul Allah" ("atestiguo
no hay otro dios que Allah, y Muhammad es su profeta") ante tres testigos,
también musulmanes.
La
madre de Amirah es católica, pero no practica. Amirah estudió teología, y en
Uno de
los primeros cambios que deben enfrentar los conversos es el de la dieta. Un
musulmán solo puede comer alimentos halal, o sea permitidos por la doctrina. El
alcohol y la carne de cerdo están rigurosamente prohibidos, hasta el punto en
que muchos musulmanes estrictos sostienen que no debe curarse una herida con
alcohol medicinal. Amirah, en realidad, come casi de todo: "yo como
verduras, pastas... También como carne, aunque no sea halal, salvo la de cerdo.
Y no tomo alcohol. Lo único que me cuesta es desacostumbrarme al jamón. Antes
no me daba cuenta, pero desde que lo dejé, resulta que todo tiene jamón".
Para
perfeccionar su conocimiento del islam, Amirah estudia árabe en una academia
del Paso Molino, donde hay una gran comunidad de libaneses católicos. Amirah
nunca les comentó su elección religiosa, ni fue de velo a clases. Prefiere que
no sepan que es musulmana.
Amirah
a veces usa el hiyab, la más leve de las tres versiones del velo que el Corán
prescribe como obligatorio. Se trata de una pañoleta que cubre la cabeza y se
cruza debajo del cuello, dejando libre el rostro. Las otras versiones del velo
son el niqab, que tapa el rostro, y la burka, que cubre a la mujer de pies a
cabeza, incluso los ojos, y que fue de uso obligatorio en el Afganistán de los talibanes
y hoy sigue siendo muy popular.
"Tampoco
voy con velo al trabajo. Estoy haciendo una pasantía en un juzgado penal, y no
lo llevo porque sé que choca. Todo el mundo me mira. El uso del pañuelo es una
cuestión entre Dios y cada una, incluso hay muchas mujeres de países árabes que
viven acá y que se lo ponen sólo cuando van a rezar. Es más que nada un signo
de tu compromiso religioso, como la kipá judía".
Esa no
es una opinión que compartan muchos musulmanes, que aseguran que el Corán
obliga a la mujer a cubrirse.
A
Amirah, como a las otras musulmanas, es frecuente que le griten cosas al pasar:
"la otra vez me gritaron ‘terrorista’ desde un auto. También me paran por
la calle y me preguntan de dónde soy. Y cuando les digo que de acá, me miran
raro. Hay compañeros que me dicen Tali, por talibán".
Los
musulmanes tienen permitido casarse con mujeres que sean de los pueblos
"del libro" (musulmanas, judías y cristianas). Pero las musulmanas
sólo pueden casarse con musulmanes. "Y, me casaré con un musulmán",
dice Amirah. "No hay muchos, haré una importación, ya veré".
Desde
su punto de vista, la doctrina islámica es ideal: "es perfecta. Yo me fijo
mucho en toda la parte de derecho, que es lo que estudio, y comparo con el
derecho islámico, la shari’a. Si se revisan las normas, no tienen diferencia
con los códigos civiles y legales".
Pese a
que las mujeres sufren serios casos de discriminación en el mundo islámico y
pueden ser lapidadas por adúlteras (en Nigeria), necesitan de un hombre para
muchos trámites legales (Arabia Saudita), no pueden custodiar a sus hijos si se
divorcian (Argelia) o padecen trabas casi insalvables para divorciarse
(Egipto), Amirah sostiene que "la mujer tiene más derechos en el islam que
acá, aunque siempre se tiene la versión de la mujer sometida. De las
conversiones que hay a diario en el mundo, la mayoría son de mujeres".
La
historia de Abdzul Nur
Abdzul
Nur tiene 22 años, es estudiante de ciencias económicas y prefiere no dar su
nombre verdadero porque sus padres le pidieron que no se expusiera demasiado.
Encontró
el islam en internet. Leyendo un libro sobre la orden medieval de los
Templarios, halló una mención a la secta de los Asesinos, cuyos miembros se
drogaban con hashís y tenían prometido el paraíso de Allah si cumplían sus
misiones. Buscó datos sobre el tema, y llegó a un foro islámico, justo después
del 11 de setiembre de 2001. "Hice preguntas y más preguntas. Después me
puse a chatear con una musulmana inglesa. Al principio no estaba seguro. Pero
todo el sistema social y económico del islam me iba encajando, porque para mí
en el cristianismo está muy separado lo que es lógica de lo que es fe. En
cambio en el islam van por el mismo camino".
Como la
mayoría, Abdzul Nur se inició en solitario, haciendo su shahada en un chat
islámico.
La vida
diaria de un musulmán no le provoca contradicciones con su rutina uruguaya:
"en lo cotidiano lo llevo bien, rezo cinco veces al día, hago el ayuno en
ramadán. Con mis amigos tampoco tuve problemas, aunque siempre algún chiste
hay. Pero nada con mala intención".
Sin
embargo, ha tenido algún roce con sus padres, a los que les ha costado aceptar
su nueva opción: "me han pedido que no me exponga mucho, más que nada por
miedo a que pase algo".
Abdzul
Nur se tomó muy en serio su elección, como la mayoría de los conversos locales.
"Yo podría ser llamado estricto, pero hay que saber diferenciar entre
estricto y radical. Hay muchos radicales acerca de quienes yo no podría decir
que no sean musulmanes, pero que sin duda se pasan, se les va la mano. Y en el
otro lado, hay otros que son musulmanes sólo los viernes. A mí me gustaría
estudiar más a fondo el islam, incluso poder llegar a ser un sheijk. Acá no hay
ninguno que sepa español, y si se quiere expandir el islam acá se necesita un
sheijk que hable español".
Para
estudiar islamismo, Abdzul Nur tendría que matricularse en alguna universidad
religiosa, de las cuales en el mundo religioso musulmán la más prestigiosa es
la de Medina, en Arabia Saudita.
La
historia de Fatimah
Como
Abdzul Nur, Fatimah también prefiere ocultar su nombre original. Tiene 25 años
y trabaja en un hospital de Montevideo, pero por respeto a su familia prefiere
no exponerse.
"Todo
empezó por casualidad —cuenta Fatimah—, cuando estaba mirando la enciclopedia
Encarta. Ahí encontré el llamado a la oración, lo escuché y me hizo como un
clic adentro. Busqué qué significaba, lo escuché un montón de veces y me
emocionó muchísimo. Sentía como que me estaban llamando a mí, pero no entendía
por qué".
Antes
de sentirse llamada, Fatimah tenía una idea general de las bases del islam:
"sabía lo de los Cinco Pilares, lo del ayuno, lo de la peregrinación a
Los
"cinco pilares del islam" son los preceptos sobre los que cada
musulmán debe conducir su vida y su conducta, y son la fe, la oración, la zakat
(preocupación por los necesitados), el ayuno durante el mes de ramadán y la
peregrinación a
Como el
calendario islámico es lunar y no solar, ramadán cae en fechas diferentes en
cada año occidental. El ayuno durante ese mes debe respetarse desde la salida
del sol hasta el anochecer, y comprende la ingesta de alimentos y bebida, inclusive
agua, además de las relaciones sexuales. Los ancianos, enfermos, mujeres
embarazadas y que estén dando de mamar están autorizados a romper el ayuno, y
recuperar igual cantidad de días a lo largo del año.
El
nuevo entusiasmo de Fatimah con el islam llegó a sus sueños. Una tarde, al
llegar de trabajar, duerme una siesta y sueña que es musulmana y que está
vestida con una burka en una habitación con un hombre. "Yo me sacaba la
burka, hablaba con ese hombre y en eso entraba el que en el sueño era mi marido.
Yo me asustaba y le pedía que no me matara. Él me decía que no me iba a hacer
nada, pero me pegaba con una piedra y me mataba. Cuando me desperté tenía una
sensación de angustia espantosa. Fue la primera vez que soñé que me
moría".
El
sueño la llevó a buscar más información sobre la situación de la mujer
islámica. Un musulmán argentino que conoció en internet la tranquilizó y ella
decidió convertirse.
Fatimah
se crió en colegios de monjas: "era católica, iba a misa todos los
domingos, pero había cosas que nunca me cerraron. En el islam empecé a entender
cosas, aunque por dentro seguía negándolo, no me hacía a la idea de
convertirme. Para rezar cinco veces por día había que tener conducta, y yo
sentía que no tenía disciplina. Ahora es el segundo año que estoy usando reloj
porque estoy pendiente de la hora para rezar".
Fatimah
dio su shahada en abril de 2004. Su acercamiento al islam fue progresivo, e
incluso recuerda su reacción en 2001 al enterarse del ataque contra las Torres
Gemelas: "iba en el ómnibus y escuchaba el informativo, donde hablaron
sobre el yihad y lo que era inmolarse para un musulmán. Y yo pensaba ‘pero esta
gente está loca, cómo se van a matar en el nombre de Dios, qué Dios es ese’.
Después llegué a entender algunas cosas, pero no quiere decir que acepte lo de
las Torres Gemelas. Cualquier situación en la que mueren inocentes no está
bien".
Fatimah
hizo la shahada a solas en su cuarto, y luego otra vez en una sala de Yahoo
donde se reúnen musulmanes. Ese mismo día empezó a rezar, con papelitos donde
anotaba las frases que bajaba de internet. "Mi primer ramadán lo hice
sola, no sabía a dónde ir".
Las
oraciones de los musulmanes deben ser en árabe, porque al igual que con el
Corán, no se admiten traducciones. Aparentemente, Allah no entiende otros
idiomas.
En un
chat, una musulmana chilena puso en contacto a Fatimah con "un hermano
uruguayo", Yaafar. "Él me habló del Centro Islámico egipcio y me
invitó. Yo no me animaba a ir, tenía miedo". Por fin se animó: "este
año estoy en mi primer ramadán con otros hermanos, y me encanta. Es como una
familia, la familia musulmana. Nos reunimos, cocinamos, hablamos, escuchamos
Corán, leemos. Te hace sentir menos solo".
Al
principio Fatimah no le dijo nada a su verdadera familia sobre su elección, hasta
que "mamá encontró un mail de felicitación que me habían mandado por la
shahada, y puso el grito en el cielo". La primera reacción de sus padres
fue protestar porque los musulmanes, según ellos, eran todos terroristas:
"me dijeron que me iba a inmolar, a reventarme contra la embajada de
Israel. Les expliqué que lo político a mí no me interesa. Yo encontré en el
islam la manera de acercarme a Dios, que es lo que siempre busqué. Después, yo
no soy responsable de lo que haga un grupo aislado. A mí Dios no me dice ‘matá
a los incrédulos’. De a poco lo fueron entendiendo".
Otro
punto difícil fue el velo, con el que al principio no se animaba a estar en su
casa. "Hasta que lo empecé a usar en casa todo el día. Me tenía que bancar
que se rieran o que me dijeran que parecía una loca".
"Con
mis compañeros de trabajo tomé distancia, porque entrar al islam abarca todo,
no solo rezar y ayunar. Los modales, cómo comer, cómo comportarte, cómo actuar
en el baño, cómo salir del baño. Y yo trato de comprometerme a fondo. Con la
comida no tuve problemas porque era vegetariana. Pero salir de noche con mis
amigos y tomar alcohol, lo corté del todo. A mis compañeros de trabajo les
avisé que a los chicos no les daba más besos. Ahora cuando estoy en la cocina
del trabajo descansando, si entra algún chico, me levanto y me voy. O me quedo
en la puerta y hablamos desde ahí. Un compañero me retiró el saludo totalmente,
los demás no le dieron tanta importancia".
En el
islam ortodoxo, una mujer tiene prohibido estar en la misma habitación a solas
con un hombre que no sea su esposo o un familiar cercano. Los gestos de afecto
físico son impensables, incluso con amigos íntimos.
Desde
su conversión, Fatimah ha soportado miradas y burlas de los montevideanos:
"una vez iba pasando y el panadero me dijo ‘ahí va la novia de Bin Laden’.
Y yo no maté a nadie. Esas cosas me molestan y a veces me duelen pila, y más me
molesta cuando me lo dicen a mis padres".
"Si
yo sé que para ir a algún lado me tengo que sacar el velo, no voy",
asegura Fatimah. Su decisión le ha traído el alejamiento de algunas amigas, e
incluso de su hermana: "ella no sale conmigo a la calle si llevo el velo.
Un vez me la encontré en la calle, la fui a saludar y me dio vuelta la cara. A
mí eso me lastima muchísimo".
Por eso
Fatimah decidió sacarse el velo cuando tiene que salir con su hermana. "Si
van sus amigas a mi casa trato de no hacerla sentir incómoda, me voy a mi
dormitorio y me quedo ahí".
Como a
muchos otros conversos, a Fatimah le gustaría estudiar a fondo el islam. Su
sueño es viajar a Arabia Saudita, a estudiar en la sección especial para
mujeres de la universidad islámica de Medina. Aunque dice conocerlas, no le
preocupan las restricciones que las mujeres tienen en ese país.
La
historia de Yaafar
Ricardo
Chabkinian, que eligió el nombre árabe de Yaafar tras su conversión, tuvo su
primer contacto con el islam hace más de siete años, pero no recuerda la fecha
exacta.
"Yo
era empleado de vigilancia en el edificio Torres del Puerto. Una familia siria
vivía allí y se le había caído una masbah, una especie de rosario árabe. Se lo
llevé al dueño de casa, y él me dijo ‘te debo una’. Le dije que me diera un
Corán, y me regaló uno". Era un Corán bilingüe, en una página el original
en árabe y en la otra la traducción al español.
Al otro
día Chabkinian empezó a leer. "Como no estaba acostumbrado lo agarré al
revés, como un libro de acá, y leí las últimas suras primero".
El
Corán, como todos los libros árabes, se lee de atrás hacia adelante. Está
compuesto por 114 suras, que son transcripciones de revelaciones hechas por el
ángel Gabriel al profeta Mohammad en el siglo VII. Las suras no fueron escritas
por Mohammad (los musulmanes abominan la traducción "Mahoma" y sobre
todo el término "mahometanos", por considerar que los acusa de
idolatría) sino que son transcripciones directas de sus sermones. El islamismo
se enorgullece de que ni una sola palabra del texto ha cambiado desde los
tiempos en que Mohammad lo dictó. Dentro de la doctrina islámica, el Corán es
el principal objeto de reverencia, y cualquier tipo de maltrato al mismo se
considera pecado.
Luego
de leer el Corán, pidió ser llevado al Centro Islámico, donde rezó por primera
vez.
La
conversión no fue sencilla. Yaafar estaba casado y tiene tres hijos, y un par
de años luego de ingresar al islam se separó de su mujer. "Cuando un
musulmán se casa con alguien que no es de su religión, lo que se pide realmente
no es mucho", dice Yaafar. "Que no haya alcohol y drogas en la casa,
no comer cerdo y que ella tampoco coma, porque yo tengo que poder comer en la
misma mesa. Y que el lugar esté limpio, porque el lugar de oración tiene que
estar siempre impecable. No tiene que haber perros adentro de la casa, aunque
sí puede haber en el patio, pueden ser guardianes pero no mascotas. Empecé a
tener problemas con mi mujer y bueno, se terminó la relación. Hay un concepto
que es ‘primero Dios, después los demás’. Si los demás molestan para llegar a
Dios, se deja a los demás".
Ahora
Yaafar tiene otra esposa, a quien conoció por internet. Aisha es argentina, de
Tucumán, donde los conversos aseguran que hay una importante comunidad
islámica. La relación de Yaafar con sus tres hijos se resintió cuando se separó
de su primera esposa, pero ahora la considera buena. Les habla sobre el islam,
y ellos lo escuchan, aunque no han manifestado ningún interés en seguir sus
pasos.
Si bien
nunca sintió una presión directa en su contra, Yaafar también tuvo
inconvenientes: "cuando trabajaba en Torres del Puerto tenía problemas
porque rezaba dos veces en el trabajo, al mediodía y a la tarde. Estamos
hablando de cuatro minutos, como mucho. Después yo iba al baño dos veces por
día, 15 minutos, y no pasaba nada. Si uno pide para salir a fumar, en cualquier
lugar lo dejan. Pero para ir a rezar ponían trabas, mala cara, hablaban mal. Y
si no me dejan rezar, dejo el trabajo y a otra cosa. Dios provee".
Yaafar
fue el primer uruguayo autorizado por un Estado musulmán (Malasia) para
inspeccionar la faena de animales para exportación. Al igual que los judíos
ortodoxos, los musulmanes tienen estrictas normas acerca de la preparación de
los alimentos que adquieren. A diferencia de los judíos, que para la faena
kosher necesitan la presencia de un matarife propio, o shojet, y de un rabino
supervisando, los musulmanes sólo solicitan que haya un musulmán controlando el
proceso, que puede ser realizado por cualquiera con la experiencia necesaria.
En ambos casos, se trata de que el animal no sufra cuando es faenado.
Musulmanes
y árabes
Aunque
lo primero que viene a la mente en el caso de los musulmanes es su rivalidad
con los judíos, los conversos uruguayos sostienen que no han tenido ningún
problema con ellos. Dice Amirah: "sólo he discutido sobre la ocupación de
Palestina, con un chico judío de
Yaafar
cuenta que en sus viajes al interior para supervisar la faena de animales para
exportación, le toca trabajar junto a rabinos que hacen su propia faena, y que
la relación siempre es excelente, aunque las conversaciones nunca salen del
aspecto religioso.
Extrañamente,
lo que todos consideran como un punto difícil es la relación con los demás
musulmanes de Uruguay, los que no son conversos y nacieron en países islámicos.
Sienten que ellos, salvo excepciones, los desprecien o no los reconocen como
verdaderos musulmanes.
Según
Yaafar, "el que nace en un país musulmán no tiene tentaciones. Todos van en
una misma dirección y él también. El problema es cuando vienen para acá, que
tienen el alcohol a mano y nadie les va a decir nada si se toman una copa o
comen un pedazo de jamón. Y no entienden cómo acá renunciamos a eso. Una vez un
afgano que trabajaba en la embajada de Irán me dijo algo bien claro: hay dos
clases de musulmanes, el tradicionalista y el converso. El que es de corazón
está por encima del tradicional, porque ellos se apegan mucho a normas tribales
o del país. Y son racistas, aunque el último sermón del Profeta decía que no
hay diferencias entre el árabe y el no árabe".
Por
eso, sigue Yaafar, es que necesitan su propio centro islámico: "con Abdzul
Nur y los otros queremos unir a los musulmanes de acá. Porque los musulmanes
árabes ya tienen mañas de donde vienen, o adquieren las peores mañas de
acá".
"El
Centro Islámico de la embajada de Egipto es egipcio", explica Amirah.
"Y la gran mayoría de los que van son árabes. Hay mucha rivalidad entre
árabes y uruguayos. Conmigo no, desde que se enteraron que soy descendiente de
palestinos me dicen paisana. Pero a muchos hermanos musulmanes les molesta,
sienten que no se puede ser musulmán si no se es árabe. Estamos tratando de
armar algo para uruguayos, donde si quieren venir árabes o de cualquier país,
bienvenidos. Pero necesitamos un lugar nuestro".
Yaafar resume las intenciones de todos: "lo
que queremos hacer es difundir. Que se sepa que el Centro existe, y cuáles son
los principios del islam. Y después, bueno, si a alguno le abre el corazón y entra,
Dios provee. De eso no hay que preocuparse".