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Entrevista: Tariq Ramadan



Tariq Ramadan Construindo pontes entre os dois mundos aos quais perten o, e que hoje est o surdos e se vendo como caricaturas Construindo pontes entre os dois mundos aos quais perten o, e que hoje est o surdos e se vendo como caricaturas



Source: https://www.webislam.com/articulos/27407-entrevista_a_tariq_ramadan.html





Entrevista a Tariq Ramadan en 3/24 - Parte 1



Lo llaman el nuevo Martín Lutero. Este suizo, que estudió para imán y ahora da clase en las mejores universidades de Europa, es el gran impulsor de la modernización del islam. Y sus palabras escuecen.

Proclamado por la revista Time como uno de los cien innovadores más importantes del siglo XXI, Ramadan cita con igual autoridad el Corán, a Nietzsche, a Heidegger o los dichos del Profeta. A pesar de ser nieto de Hassan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes, el más influyente de los grupos radicales islámicos, este profesor de las universidades de Ginebra y Friburgo, lleva casi media vida promoviendo por el planeta el diálogo entre musulmanes y el intercambio con otras creencias. En el Parlamento Mundial de las Religiones, celebrado en el Fórum de Barcelona, ha sido una de las figuras centrales, no sólo por sus ideas renovadoras, sino también por los recelos que suscita su mensaje en Europa.

El Semanal. En Estados Unidos lo llaman el nuevo Martín Lutero musulmán, ¿tiene una lista de reformas para el islam o algo parecido?

Tariq Ramadan. No, no tengo ninguna lista. Ni creo que se me pueda atribuir esa carga de ser el nuevo Martín Lutero, aunque sé bien cuáles son las prioridades cuando pensamos en reformas dentro del contexto islámico. Y lo primero es revisar la manera en que leemos nuestros textos. Debemos renovar constantemente nuestras lecturas, para afrontar los retos de la sociedad actual.

E.S. ¿Separar la política de la religión es uno de ellos?

T.R. Cuando alguien afirma, dentro del islam, que no existen diferencias entre política y religión, debemos decirle que las fuentes son las mismas –el Corán, la Sunna...–, pero las metodologías son diferentes. En el culto debemos hacer lo que está escrito, pero en cuestiones sociales todo está abierto. Y estas diferencias son fundamentales.

E.S. La percepción desde Occidente es que la política y la religión cada vez se acercan más...

T.R. Eso depende de cada país, pero hay una revolución silenciosa en marcha. Las nuevas generaciones serán visibles y se las escuchará muy pronto. En mi libro Musulmanes occidentales no publicado en España hablo de esta visión que aúna la espiritualidad, el sistema escolar, el diálogo, la economía, la implicación política, alternativas culturales... Tenemos nuevas respuestas.

E.S. Mientras tanto, los saudíes buscan ocupar el centro del espectro islámico. ¿Qué consecuencias puede tener la expansión del wahabismo y su visión restrictiva del islam?

T.R. Ése es un gran problema. Son un grupo minoritario, pero muy activo, y su número crece rápido gracias al dinero. El enfoque que promueven es para nosotros, musulmanes europeos, una catástrofe. Por ese camino, cada vez habrá más gente creyendo que todo lo occidental va en contra del islam; que ser musulmán significa actuar contra los valores occidentales o de forma completamente opuesta a ellos.

E.S. Occidente, sin embargo, apoya a Arabia Saudí...

T.R. Muchos países occidentales prefieren cerrar la boca sobre sus actividades, porque tienen mucho dinero y poder. Una dictadura es una dictadura, con o sin dinero, religiosa o secular, a favor o en contra de Occidente… La cuestión no es su naturaleza. Es inaceptable y debe ser rechazada como tal. Por eso promuevo una independencia política y financiera, para proteger nuestro mensaje y ser completamente libres.

E.S. ¿Qué percepciones occidentales del mundo islámico le resultan especialmente molestas?

T.R. Decir que todos los musulmanes son iguales, agruparnos como una realidad uniforme desde Mauritania hasta Indonesia, afirmar que la voz de Bin Laden es muy respetada y que el mundo islámico es violento son percepciones y aproximaciones muy superficiales. Y la más peligrosa, la división entre moderados, los buenos –«los que piensan como nosotros»–, y los radicales, los malos, –«todos los seguidores de Bin Laden»–. Es una visión muy simplista.

E.S. ¿Por qué considera esta última más peligrosa?

T.R. Pensar que uno sabe de algo cuando no tiene ni idea es mucho más peligroso que el que reconoce ser un ignorante. Aquél sólo dice tonterías, pero parecen verdades. El primer paso para aprender es el respeto y el islam es tan complejo como el mundo cristiano, el judío o el budista.

E.S. En muchos países musulmanes uno dice que está contra Occidente y enseguida tiene una legión de seguidores...

T.R. Hay que ser muy cuidadoso. No creo que los que apoyan a Bin Laden formen una escuela de pensamiento, como a veces se les intenta mostrar. Son grupos, una minoría.

E.S. Pero es algo que siempre es bien recibido...

T.R. Sí, pero eso tiene su razón de ser. Bin Laden ha sabido responder a la actitud victimista que existe en el mundo islámico ante la opresión que sufrimos y que identificamos con Israel, América y Europa. Es una reacción hacia un sentimiento de opresión política, social y económica, desesperación en muchos casos. Occidente como culpable de todos nuestros males. Muchas veces, las emociones llevan a la sordera, a dejar de escucharnos los unos a los otros y a enfrentarnos. Pero el consenso en el mundo musulmán es que ésa no es la forma de liberarnos.

E.S. ¿Y las redes terroristas? Da la impresión de que no hacen más que crecer.

T.R. Puede ser, aunque quienes apoyan a Bin Laden son pocos dentro de la escala del islam. La gran mayoría de musulmanes son hombres y mujeres de paz que viven en condiciones miserables en países con inmensos recursos. Los gobernantes derrochan millones de dólares en lujo y ostentación, desvían la riqueza nacional a bancos occidentales, invierten en casinos, hoteles, armas... y el pueblo se muere de hambre. La gente sabe de esto y, por primera vez, tiene la impresión de que el opresor ha sido atacado. Es una reacción emocional, pero hay que profundizar. En el islam hay mucha gente que pide más justicia, un mayor reconocimiento de su identidad y que, a pesar de sufrir miseria y toda clase de problemas, no apoya las corrientes radicales.

E.S. ¿Qué opina de la guerra en Afganistán?

T.R. Oímos hablar de ella en abril, seis meses antes del 11-S. El atentado fue sólo una excusa para atacar un país que ya era un objetivo de los americanos. Afganistán es la hipocresía en su máxima expresión. El uso del símbolo del líder guerrillero Massoud, por ejemplo, que había sido criticado y atacado anteriormente, para convertirlo después en icono y mártir de la liberación. Ésa no es la forma de promover un mundo más justo. Es reírse de la gente a la cara.

E.S. Usted siempre criticó a los talibanes...

T.R. Por supuesto. Ya escribí sobre ellos en 1994, cuando los norteamericanos empezaron a utilizarlos contra otros grupos, como el de Massoud. Él sabía de eso y pidió ayuda a la UE. Pero Europa no hizo nada. Y ahora, mire. ¿Está todo mejor? ¿Son las mujeres más libres que antes? No lo creo.

E.S. ¿Qué le pareció la reacción de los españoles tras el 11-M?

T.R. En España vimos la fuerza y la fragilidad de la democracia. El atentado condicionó un resultado electoral, pero, por otro lado, el Gobierno había apoyado la guerra en contra de la gran mayoría de la población, así que también fue una llamada de atención hacia los líderes políticos.

E.S. En oposición a la expresión «musulmanes en Occidente», usted promueve la de «musulmanes occidentales». Para muchos son términos contradictorios...

T.R. Eso es porque confundimos religión y cultura con nacionalismo. Para muchos musulmanes, vivir en Occidente es ser un árabe musulmán en Occidente, o un paquistaní musulmán en Occidente... Debemos ser simplemente musulmanes, totalmente europeos, cada uno con sus raíces. Mi identidad multidimensional se nutre de todo aquello que sea compatible con mis principios.

E.S. Pero no debe ser fácil cuando en Occidente el islam está, de alguna manera, bajo sospecha...

T.R. Tiene razón. Yo siempre insisto entre mis hermanos para que no se hagan las víctimas y afronten sus responsabilidades. El hecho de que no le gustes a la gente o que temas no ser aceptado no es la cuestión. Se trata de decir lo que piensas y lo que sientes: «No te hagas la víctima, haz lo que tengas que hacer; ésta es tu responsabilidad».

E.S. Usted es muy conocido en Francia, donde el debate religioso está a flor de piel. Para muchos, usted es una figura peligrosa, e intelectuales como André Glucksmann o Bernard-Henri Lévy lo han acusado de antisemitismo…

T.R. Yo siempre he criticado a los musulmanes que intentan sacar partido de la cuestión palestina. No hay nada en el islam que nos lleve a criticar al pueblo judío. Tenemos, incluso, que luchar contra el antisemitismo. Llevo 20 años trabajando con judíos y esto es lo que siempre he defendido.

E.S. ¿Le sorprende la hostilidad de los intelectuales?

T.R. El ataque que más me chocó fue el de Glucksmann. Es un gran defensor de los derechos humanos en Chechenia, pero ¿por qué nunca critica a Sharon y su trato hacia los palestinos? Su apoyo a la causa de Israel es pura ceguera. Al menos, gracias a eso vemos con nitidez las conexiones que subyacen bajo la realidad que vivimos. Por ejemplo, que una de las causas de la invasión de Irak fue garantizar la seguridad de Israel. Eso lo ha dicho el propio Paul Wolfowitz, el arquitecto de toda la guerra. Y a mí me acusan de antisemita por decir lo mismo.

E.S. ¿Cómo ve los intentos de inclusión en la Constitución Europea de referencias a las raíces cristianas del continente?

T.R. El cristianismo es parte fundamental de la cultura e identidad europeas, pero esa exclusividad es falsa. Hay otras tradiciones: judía, musulmana, atea... ¡Acéptenlo! En el mundo musulmán están los literalistas y en Occidente, los conservadores; todos son selectivos al mirar a su propia historia.

E.S. ¿Qué le parecen las reticencias que despierta el posible ingreso de Turquía en la UE?

T.R. El debate no puede ser religioso. Hagámonos las preguntas adecuadas. La cuestión es si el Estado respeta los valores y principios universales de libertad, democracia, etc. ¿No lo hace?, pues habrá que decir que no. ¿Lo hace?, entonces es un país europeo listo para ingresar.

E.S. La democracia es, precisamente y en general, una carencia en el mundo islámico…

T.R. Es cierto, aunque existen aperturas en algunos países. Siempre he sido muy crítico con el régimen iraní, pero en los últimos 20 años allí ha habido mucha más democracia que en la mayoría de los países árabes. El sistema turco parece que empieza a funcionar, y lo mismo en Indonesia. Tenemos estos nuevos modelos y hay que apoyar más aún su evolución democrática.

E.S. Muchos sectores ven esto como una imposición occidental. ¿Se puede cambiar esa percepción?

T.R. Hay que hablarle a la gente desde el interior de la tradición, que vean que no es algo opuesto al islam. Los cuatro fundamentos de la democracia son: el imperio de la ley, la igualdad ciudadana, el sufragio universal y la responsabilidad política. Si un gobernante lo hace mal, puede ser alejado del poder e incluso juzgado. ¿Son principios contrarios a nuestras creencias? En absoluto.

E.S. Su abuelo fundó los Hermanos Musulmanes en el Egipto bajo ocupación británica. ¿Cómo vería él a sus seguidores?

T.R. No lo sé, pero en aquella época, los años 40, sus ideas eran una respuesta a aquella situación, hoy ya no. Me da la impresión de que repiten los eslóganes de Hassan al-Banna, pero no siempre entienden su significado.

E.S. Es difícil pensar con claridad cuando uno está lleno de odio.

T.R. Para muchos activistas llega un momento en que se han alejado demasiado de la espiritualidad y de sus motivaciones e ideales para convertirse en seres agitados, sin armonía. No sé si mi abuelo diría eso, pero el punto inicial de su compromiso estaba lleno de misticismo.